Crítica: 2012

Una oportunidad pérdida de tener una cinta de destrucción masiva que se convierta en otro clásico del cine. No hay que olvidar que dentro de tanta drama, comedia y acción, existe un genero por todos conocido que nos ha brindado emociones a niveles apocalípticos.

En el ocaso del año llega a las pantallas 2012 con la premisa de haber utilizado los creadores, todos sus recursos digitales disponibles para lograr escenas impactantes nunca antes vistas. En ese aspecto donde la producción nos vendió la idea de pasar un buen rato observando el mundo convertirse en polvo y debo reconocer que supera todas espectativas.

La cinta comienza, – para mi sorpresa- algo lenta con la introducción del problema que afecta al mundo, de ahí en adelante conocemos a nuestro héroe Jackson Curtis ( John Cusack) el cual tiene una familia que salvar cuando se entera de parte de Charlie Frost ( Woody Harrelson) de la inminete catastrofe que esta a punto de suceder.

En innegable lo sorprendente que es ver un supervólcan en erupción o la ya vista escena de los tráilers donde California se hunde en el mar. Pero lo lamentable es que no se puso enfasis en el drama de los personajes que son testigos del reacomodamiento terrestre y solo están para ser llevados a lugares estrategicos y presenciar la siguiente catastrofe. Todo se vuelve en una gigantesca persecusión que se repite durante las grandes escenas, adecuadamente dispersadas a lo largo del filme, pero que no ofrecen impacto por repetirse una y otra vez con el tipico ya merito se mueren.

Solo la escena donde fallece Charlie Frost vale la pena por lo simpático y original del personaje, pero de ahí en adelante no existe nadien a quien hechar porras para que sobreviva.

Existen momentos algo lentos donde tenemos pláticas filosóficas de la continuidad de la raza humana y del cual hubiera sido interesante explorar, pero que nunca los actores tienen el peso suficiente para que el mensaje permanezca en nuestras mentes. Por fortuna tenemos tambien momentos chuscos aunque algo caricaturezcos que contrastan con la seriedad de lo que sucede y es por esos momentos que liberas la tensión y no te la crees por lo caricaturezco que resultan las escapadas enfrente del peligro o el ya acostumbrado perro sobreviviente de las cintas de Roland Emmerich.

Es durante el último acto en los Himalayas cuando ya empiezas a sentir el desgaste de la cinta con lo rídiculo de los eventos fortuítos: desde un error mecánico en las compuertas del gran barco, hasta el conveniente rescate de monjes budistas y la destrucción del triangulo amoroso. Todo con el fin de crear tensión hasta el último momento con una escena remanente del Titanic.

Pudo haber sido un clásico del director Emmerich, pero le faltó tener personajes que valgan la pena, las agallas para tener un final que no fuera color de rosa y el querer mostrar la naturaleza humana ante hechos más grandes que nuestra existencia.