Crítica: Arráncame la vida

Desde que la Academia de Hollywood estuvo a punto de elegir este filme como nominada a mejor película extranjera, me entró la curiosidad conocer cual era el alboroto.

Basada en la novela del mismo nombre, de la escritora poblana Ángeles Mastretta, Arráncame la vida es una película que refleja el México postrevolucionario sumergido en la corrupción que ayudo a crear la estabilidad por medio de un partido oficial de Estado.

La historia comienza en Puebla en los años treinta, cuando Catalina (Ana Claudia Talancón) conoce al General Andrés Ascencio (Daniel Giménez Cacho) logrando enamorarse de él.

Los primeros veinte minutos son agradables gracias a los constantes diálogos que intercambian ambos, en donde se acentúa el machismo del General pero que contrastan con las respuestas al igual altisonantes de Catalina.

Es después cuando con el transcurso del filme se pierde el encanto y todo recae en la trama que comienza a decaer con el largo romance que sostienen Catalina y Carlos (José María de Tavira), un director de orquestra involucrado en la política socialista de esa época; que sólo me hacen añorar esas escenas de sensualidad de otra gran cinta como lo fue «Como agua para chocolate».

Es por eso que el final queda corto y a mí parecer no lograr haber un auténtico clímax que emocione.

Es una lástima, porque la producción por sus propios méritos técnicos es digna de reconocerse.

Nunca llegas a dudar la veracidad de la época en que se desarrolla la historia, gracias a una excelente escenografía y ambientación que invitan al cinéfilo a detener la cinta cuando esta este disponible en formato DVD.

El director Roberto Sneider nos a regalado una agradable cinta, que ya merito logra colarse entre una de las mejores películas del cine mexicano.