Crítica: Happy Feet – El Pingüino 2

El escritor-director-productor australiano George Miller, quien nos ha ofrecido las películas de Mad Max y Babe, ha ganado su único Oscar gracias a pingüinos que cantan y bailan en la Antártida. Después de cinco años regresa con una secuela que se ve y suena como su predecesora, pero sin la emoción y el sentimiento que le permitió ser una de las mejores películas de 2006.

La vida de las aves no ha cambiado mucho desde que Mumble regreso de su aventura con los alienígenas humanos, hasta a empeorado con la presencia de un témpano de hielo gigantesco que atrapa a toda la colonia pingüina. Por eso nuestro héroe se la pasa todo el tiempo corriendo de un lado para otro buscando ayuda para la gran catástrofe, al mismo tiempo que soluciona sus problemas de educación paternal con su pequeño hijo Erik que tiene complejos psicológicos muy familiares. En el camino, nos volvemos a encontrar al club de «Los Amigos», Amoroso y para complicar el asunto tenemos a un ave con pico de tucán llamado Sven que cumple su cometido de crear conflictos a su alrededor, pero nada de trascendencia.

Como en toda secuela, se tiene que recurrir a nuevos personajes para facilitar crear una historia. El problema es que con excepción de un par de krill que realizan su propia aventura existencial, no existe mucho que sea de nuestro interés, los personajes se vuelve excusas para lograr objetivos que nos permitan avanzar a la siguiente escena. En este caso, ni el uso de personajes famosos (Elijah Wood, Matt Demon, Brad Pitt, Robin Williams, Sofía Vergara, Pink) pueden llamar la atención, al ser los diálogos interpretados por actores de doblaje en los países de la lengua castellana. Aún con el tema principal del daño ecológico que los humanos le están haciendo al mundo antártico  al estarse derretirse las capas de nieve, no existe la diversidad de situaciones personales que fueron vitales para involucrarnos anteriormente. Todo es una gran misión en donde el aprendizaje se reduce a buscar aliados para salir de la situación y hasta el conflicto entre Mumble y Erik se resuelve por si mismo con el paso del tiempo, nada que ver con la complejidad de la primera parte en donde hasta el protagonista se estaba volviendo loco por la situación en que se encontraba y que parecía imposible de solucionar. Lo peor es que la trama no fluye con naturalidad, se siente «destartalada» (desajustada), como si fueran varios segmentos y no hay mejor ejemplo que el par de krills, que aún siendo interesantes, se la pasan al margen de los personajes principales.

Siguen presentes las coreografías y música tan característica de los pingüinos, sólo que no existe la conexión personal en las canciones para involucrarnos. Son grandes números con miles de pixeles cantando covers famosos mientras la cámara hace un recorrido panorámico una y otra vez en la diversa blancura que fue tan difícil de animar por computadora. Extraño esos momentos majestuosos que nos demostraban la grandeza de la tundra mientras Mumble emprendía valientemente su aventura o la magia entre los números musicales que dictaban sentimientos de amor. Entiendo que Miller quiso hacer algo diferente, pero al lograrlo omite las características que hicieron a «Happy Feet» especial, ni que decir de las ausencias como los padres de Mumble, las conversaciones de «Los Amigos» y hasta diluyeron Amoroso en asistente de Sven.

La película vale la pena como el producto que esperaba ver hace cinco años y que por tristeza hoy se ve reflejado en esta secuela: es entretenida, divertida para los niños, con secuencias llamativas y con una trama sin complicaciones. En pocas palabras, nada de otro mundo.