Crítica: Las Aventuras de Tintín

Las Aventuras de Tintin

Desde 1929, el intrépido joven reportero Tintín y su perro Snowy han fascinado a los lectores con sus viajes a los más remotos lugares reales y ficticios de nuestro planeta. Así que se imaginaran la transcendencia cultural que tiene la historieta creada por el artista belga Hergé, quien murió en 1983.

Cualquiera pudiera pensar que las aventuras de Tintín están en buenas manos con el director Steven Spielberg y el productor Peter Jackson a cargo del proyecto. En este universo donde la falta de ideas se a vuelto una constante en Hollywood y que cualquier legado de nuestra infancia puede ser mutado en algo irreconocible en las salas de cine. Pudo ser peor.

Lo que pasa es que había puesto muchas esperanzas en esta producción y no tanto por los dos grandes nombres que ya mencione, si no porque soy fanático de «Doctor Who» y Steven Moffat fue uno de los tres guionistas encargados en escribir el libreto. Su fama es tal, que el mismo Spielberg constantemente lo acosaba para que se uniera al equipo. También tenemos a  Joe Cornish, quien he leído maravillas de su trabajo en la película «Attack the Block», y que por cierto estoy a punto de ver.

Entonces no puedo decir que he sido rotundamente defraudado, pero si desilusionado de que la película no resulta como uno hubiera querido.

Después de la primera impresión visual en la que resulta la traducción del arte de la historieta a la animación por computadora, todavía no quedo completamente convencido de que haya sido la mejor elección. Es más como una excusa para evitar dibujar los ojos de canica de los personajes y llevar gente a ver la cinta por el 3D. Por supuesto que tiene sus ventajas al ofrecer novedades con los movimientos de cámaras, escenarios inigualables salidos de la imaginación, una buena cantidad de escenas de acción, pero lo más grave es que pierde la calidez que brinda la animación convencional. Es como si alguien hubiera embarrado las escenas con vaselina y con demasiados colores grises que hasta el Sol resulta ser opaco. Lo único positivo que vi fue el trabajo en complexión facial de Tintín, a quien lograron darle una gran variedad de expresiones que inclusive no dudan en mostrarnos con acercamientos de cámara.

Quizás estoy siendo muy exigente en lo visual cuando lo que importa es la historia, lo cual no defrauda al contener una gran cantidad de detalles relativos al misterio del unicornio y a veces hasta demasiados. El problema más grande que tengo  es en como diseñaron la trama para revelar la importancia en la misión de Tintín. Lo que pasa es que la gran cantidad de pistas que inevitablemete terminan en escenas de acción, no son tan interesantes al no tener ni la más minima idea de quienes son los personajes y sobre todo sus motivaciones. No es hasta que recuerda el Capitán Haddock su legado familiar, cuando por fin la película es emocionante. Mientras sólo son un par de humanos que imitan a su mascota persiguiendo objetos alrededor del mundo.

Sinceramente no pensé que me fuera ha sentir tan desinteresado en lo que sucedía en la pantalla.

Se ve el esfuerzo por hacer que funcione, pero nunca existe esa química necesaria que hace que todos los elementos logren algo sorprendente. Es como si cada quien presumiera sus habilidades, olvidándose que es un trabajo en equipo. Por un lado tenemos a Spielberg canalizando a un Indiana Jones sin personalidad con escenas de acción ingeniosas, pero aburridas (excepto la secuencia en Bagghar y la lucha con grúas gigantes), luego Peter Jackson con sus innovaciones visuales que parece que no conoce colores primarios; por último, el trío de guionistas luciéndose con algunas frases para olvidarse de como organizar una trama con demasiados detalles y referencias dignos de una enciclopedia.

Algunos de ustedes pensarán por lo que acabo de escribir que detesto la película, lo cual no es cierto.

Tiene sus encantos personificados por la pareja de Hernández y Fernández, quienes logran algunas risas por su inocente forma de actuar. Luego está el carismático Snowy quien debe de ser un robot, a no existir ningún perro con tales habilidades intelectuales. Hasta la cantante de ópera Bianca Castafiore me resultó de lo más peculiar, con su forma de actuar y su sorprendente voz.