Crítica Poder sin Límites

Dane DeHaan en Poder sin Limites

Muy predecible, llena de clichés, pero es la convicción al relatar su historia lo que permite olvidarnos de cualquier deficiencia.

Es lo que podría llamarse un éxito inesperado en estos meses de sequía donde los estudios sacan a relucir lo que no consideran suficientemente digno para estrenarse en verano

En teoría está película no debe de funcionar, al menos no para la mayoría del público adulto que ha dejado atrás la idea de divertirse viendo adolescentes con súper poderes. Por eso es sorprendente que dentro de tanto cliché y no se diga de la buena cantidad de inspiración de las historietas de superhéroes que van desde Spiderman, X-Men, Superman y hasta Akira, puede existir algo que sea digno de entretenimiento.

Andrew Detmer (Dane DeHaan) es un adolescente con demasiados problemas. Su madre esta gravemente enferma de cáncer y su padre no se tienta el corazón en abusar de él como si con eso se solucionaran sus frustraciones. No tiene amigos con excepción de su primo Matt (Alex Russell). Si eso no es suficiente, se dedica a grabar en video todo lo que le ocurre en su vida. En pocas palabras es miserable.

Andrew es invitado por Matt a una fiesta y en ella conocen al popular de la escuela Steve (Michael B. Jordan). Ya algo felices por el ambiente, encuentran una cavidad subterránea y quieren que Andrew videograbe el gran descubrimiento. Adentro existe una extraña roca que emite una especie de radiación y no tardan demasiado en padecer desagradables síntomas que los hace huir del lugar. Suficiente decir que a partir de ese momento sus vidas no serán las mismas.

De nuevo somos expuestos al uso de la «cámara portátil» como herramienta preferida para abaratar costos de producción. Atrás a quedado la novedad que representa este medio y sólo presenciamos los ridículos pretextos para que alguien filme a cada instante los detalles de su vida. Aún así, la película logra sobreponerse a las deficiencias y explota al máximo los beneficios con increíbles escenas de acción, un conocimiento íntimo de los dilemas de los personajes y ese indiscutible realismo que pretende justificar tanto movimiento de cámara.

El guión de Max Landis se enfoca en la curva de aprendizaje que recorren nuestro trío de adolescentes con súper poderes. Es por eso que tenemos las bromas al estilo «Jack Ass» o «cámaras escondidas», que nos hacen sonreír y olvidarnos al mismo tiempo lo fantástico que resulta el asunto. Conforme sus habilidades van en aumento, al igual son los peligros y es cuando me retumba el cerebro frase celebre: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.  Es aquí donde falta de un profesor X da lugar a una serie de catástrofes.

Después de más de la mitad de la película divagando en cotidianidades de la vida adolescente, es que «Poder sin límites» decide transformarse en un auténtico drama con Andrew como su representante. Si sus ataques de furia les son muy familiares, es porque la venganza del «excluido» la hemos visto innumerables veces y si no fuera por el empeño del actor Dane DeHaan, entonces nos hubiera resultado cansado desde el inicio. Al menos, el guión le provee de buenas excusas y no se ve tan forzado como uno pudiera pensar, sólo que es muy predecible y hasta el desenlace donde uno obtiene el retorno de su inversión, es más como un plagio al clásico que es «Akira».

Creo a la mayoría les será de agrado el destructivo clímax que sirve de justificación por tanto tiempo sentado observando complicaciones emocionales. Lo que no me esperaba era la fuerza que cobran tales escenas, era para que me estuviera mofando de lo patético que se ven objetos digitales volando por los aires, pero fue todo lo contrario al quedarme sorprendido por la habilidad que demuestra el director Josh Trank  al crear todo un caos digno de Godzilla.

La película es muy predecible, llena de clichés y con algunos instantes que deseas que algo explote para emocionarte, pero es la convicción en la historia que nos relatan lo que permite olvidarnos de cualquier deficiencia.