Crítica: Wall Street, El Poder y la Avaricia

El director Oliver Stone fue el creador de está película en el lejano 1987, un poco más de dos décadas de su estreno los temas que se tratan lamentablemente siguen vigentes.

Bud Fox (Charlie Sheen) se encuentra hambriento de éxito y por supuesto de tener tanto dinero como su imaginación se lo permita. Gordon Gekko (Michael Douglas) es un magnate parásito del sistema financiero que permite hacer dinero de la percepción que tenemos de riqueza. Ambos logran realizar negocios que logran cumplir sus metas, sólo que Gekko tiene ambiciones tan grandes como para no importarle nada de lo que Bud valora, en especial su familia.

Charlie Sheen interpreta su papel como lo hace con todos, con cierta calma que sólo permite transmitir emociones a un sólo nivel que cuando supuestamente explota de cólera no le llegas a creer.  Muy lejos del personaje creado por Michael Douglas quien se roba por completo la película con una actuación  de esas que te dan miedo de creer que existan personas como la que finge ser.

Conforme pasan los minutos la trama se infunde en una atmósfera frenética al estilo de los corredores de bolsa. Vemos como la telaraña de decepción no soporta más las mentiras que se justificaban por la ambición desenfrenada.

En escenas claves se nos da respuesta  por parte de los personajes  los motivos que los llevaron a realizar lo que sea con tal de ganar en el casino de la ilusión monetaria. Se vuelve en una competencia por hacer a un lado tus principios por dinero y Gekko es un experto en darle lógica hasta corromper.

Michael Douglas se merece el Oscar que ganó por esta cinta. Engloba su personaje más allá de la caricatura que pudo ser su personaje, nos demuestra que su existencia tiene razón de ser y que en el juego del dinero sólo quien tiene el conocimiento gana. Para él nada es suficiente , siempre se necesita más porque de lo contrario alguien se lo va  arrebatar.

Oliver Stone obviamente quizó demostrar los errores que tiene el capitalismo. Si en aquellos tiempos ya existían síntomas de la ambición,  él lo demuestra con lecciones sobre como unos pocos controlan el sistema sin importarle los empleados de las empresas que adquieren. Nos pone el ejemplo con Sir Lawrence Wildman (Terence Stamp), un magnate que quiere adquirir una comglomerado para hacerlo producir, pero Gekko sólo por ganar la partida decide sabotear.

Quizás hoy no resulte tan impactante ver los mecanismo con los que opera la bolsa de valores, pero no deja de ser intrigante como la ambición no ha cambiado del todo con el paso de los años.

Trailer Wall Street